Síndrome del impostor: lo que aprendí de puros siete que no me creía

Durante años, mi jefe me puso nota máxima en cada evaluación. Siete tras siete. Y no me la creí ni una sola vez.
Trataba de hacer todo perfecto — no porque quisiera destacar, sino para que nadie tuviera nunca un motivo para "decirme algo". Era una forma de protegerme, no de crecer. Y me costó mucho tiempo sentirme cómoda con lo que sabía y con quién era, incluso con la evidencia repetida de que lo estaba haciendo bien.
Lo que cambió
Lo que me sacó de ahí no fue una evaluación mejor ni un logro más grande. Fue un trabajo personal, hecho con calma, hasta que me convencí de algo simple: no había nada que perder.
Hoy siento que mi aporte al mundo es harto, porque me siento suficiente — no porque alguien más lo haya certificado. Lo único que de verdad hay que perder es lo que pasa cuando no te atreves.
Por qué lo cuento
Lo cuento porque lo veo todo el tiempo en los negocios que acompaño: gente que sabe perfectamente lo que vale su trabajo, y que igual se achica a la hora de pedirlo o mostrarlo. El síndrome del impostor no se resuelve con más evidencia externa de que eres capaz. Se resuelve cuando decides creerte la evidencia que ya tienes.